Las dos caras del milagro británico

Alastair Campbell, exasesor de Tony Blair y uno de los artífices de la aplastante victoria del Nuevo Laborismo en 1997, explicaba hace unas semanas que el mensaje ganador de las elecciones del próximo 7 de mayo en Reino Unido se podría resumir en tres palabras: “Recuperación para todos”. El problema —y eso hace que, a un mes de los comicios, el resultado siga siendo incierto— es que ninguno de los dos partidos con posibilidades de llevar a su candidato al número 10 de Downing Street ostenta el mensaje completo, sino solo una de sus dos mitades: los conservadores ofrecen “recuperación, explica Campbell, y los laboristas “para todos”.

He ahí una lectura del balance económico de los cinco años de recortes en el gasto público del Gobierno de coalición liderado por el conservador David Cameron. Crecimiento y desigualdad. Buenos datos macroeconómicos —presumen los tories— que no repercuten en el alivio del sufrimiento de una parte de la sociedad —reprochan los laboristas—. Reino Unido exhibe hoy como pocos países las dos caras de las consecuencias de las políticas de austeridad y ofrece argumentos a liberales y keynesianos en el debate sobre lo acertado o no de la respuesta de las economías europeas a la crisis financiera de finales de la década pasada.

La economía británica crece (2,8% en 2014). Lo hace más que la de ningún otro país del G-7 y previsiblemente seguirá creciendo (aunque algo menos) en los próximos años. Genera más empleo que nunca desde que existen registros y la tasa de paro está por debajo del 6%. La caída de la inflación, que llegó al 0% en febrero por primera vez en al menos 50 años, alimenta las expectativas de un estímulo del consumo al aumentar el poder adquisitivo de unos salarios —los más bajos de las grandes economías de la UE— que suben (1,6% entre noviembre y enero), aunque a un ritmo decreciente.

“Recuperación para todos” es el lema para las urnas, dice un ex asesor de Blair

Pero, en el otro lado, los recortes en el gasto público han mermado el Estado de bienestar que ha sido emblema del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial y han aumentado las desigualdades, ahogando a los más desfavorecidos de la sociedad.

Más de un millón personas de la sexta economía del mundo, frente a apenas 20.000 hace solo siete años, tienen que recurrir a los bancos de alimentos para llevar comida a sus mesas. “Y lo increíble es que la mayoría de esa gente que está en la pobreza es gente que tiene empleos”, explica James Meadway, del prestigioso think tank progresista New Economics Foundation. “Trabajan, pero cobran salarios tan bajos que les colocan por debajo del umbral de la pobreza. La creación de empleo es tramposa. En Londres, por ejemplo, entre el 80% y el 90% del trabajo que se crea es en sectores mal pagados e inseguros”. El empleo en el sector público, por el contrario, está en su nivel más bajo desde 1999.

El Gobierno, en la más pura línea liberal, ha convertido en su prioridad reducir el déficit (5,4% del PIB en 2014) a base de recortar el gasto público. Al llegar al poder en 2010, los conservadores dijeron que el déficit presupuestario heredado del Gobierno laborista, entonces en un 9% del PIB, constituía una enorme amenaza a la economía.

En 2009 la crisis financiera estaba ya desplegada en toda su magnitud y los principales bancos británicos tuvieron que ser rescatados con dinero público. La receta para combatir la recesión es una política monetaria expansiva (bajar los tipos) combinada con estímulos fiscales (aumentar el gasto público o bajar los impuestos). Como los tipos estaban ya muy bajos, el Gobierno laborista (igual que el de Obama al otro lado del Atlántico) emprendió estímulos fiscales, una política apoyada entonces por el FMI y que secundaron también la mayoría de países europeos, incluida España con el Plan E de Zapatero. Los conservadores (y los republicanos en EE UU) se opusieron a esta política porque llevaba a aumentar el endeudamiento.

La productividad se ha ralentizado mucho tras la crisis financiera

La austeridad empezó en Reino Unido cuando en 2010 los conservadores llegaron al poder, en coalición con los liberal-demócratas. Los socios minoritarios del Gobierno se opusieron durante la campaña a los recortes propuestos por los tories, pero en 2010 algo les hizo cambiar de opinión: la crisis griega. La regla macroeconómica, aceptada hasta entonces, de que un mayor endeudamiento no tenía por qué producir el aumento del interés de la deuda pública, se cuestionó al entrar en juego la variable de la posibilidad de impago del país. El propio FMI dejó de apoyar los estímulos fiscales y abrazó la austeridad. Pero esa preocupación, se comprendió más adelante, no estaba tan justificada en países con un banco central capaz de comprar deuda del propio país. Es decir, para los países fuera de la eurozona, como Reino Unido.

El año 2012, con la recuperación ya en marcha, parecía el momento para relajar la austeridad en Reino Unido. Pero el Gobierno decidió no hacerlo. Al menos, eso es lo que aseguró Osborne. Lo cierto, sin embargo, es que desde 2012 el ritmo de reducción del déficit se ralentizó. Quizá lo hizo para no admitir el fracaso de su pronóstico, quizá por motivos ideológicos o quizá para jugar de farol: predicar ajuste de cara a los mercados pero suavizar su aplicación.El hecho es que el Gobierno incumplió su promesa de terminar con el déficit para 2015 con su estrategia de austeridad que, básicamente, incluía recortes de una quinta parte en los presupuestos de los ministerios (salvando, a duras penas, la sanidad y la educación). El objetivo no se ha alcanzado y ahora el plazo se alarga. Y con él, si los conservadores siguen gobernando, los recortes.

“Las proyecciones de austeridad realizadas en diciembre por el Gobierno, que se han suavizado ligeramente en los presupuestos presentados el mes pasado, suponen que para el final de la década el tamaño del Estado sería el mismo que en 1931”, explica Meadway. “Son unos recortes dramáticos para los próximos años. La razón por la que lo hacen es que su plan original de austeridad fracasó: dijeron que este año no habría déficit. La realidad es que el déficit este año es de 90.000 millones de libras. Es un gran fracaso en la política central del Gobierno”.

La austeridad —según cálculos de la propia Oficina para la Responsabilidad Presupuestaria, instaurada por el Gobierno de Cameron para supervisar las cuentas públicas— ha frenado el crecimiento económico un 1% en 2011 y 2012. Una estimación que muchos consideran demasiado conservadora. “La disputa está en las cifras”, explica Meadway. “No se discute si ha tenido o no impacto, sino la envergadura del mismo. Si ha sido malo o muy malo”.

Los que recurren a bancos de alimentos han pasado de 20.000 a un millón

El catedrático de Oxford Simon Wren-Lewis habla de un 5% el PIB (unos 100.000 millones de libras) borrado por unas políticas de austeridad que han retrasado dos años la recuperación. La reducción del déficit, señala, podría y debería haber sido aplazada hasta tiempos mejores en los que unos tipos de interés más altos pudieran ser reducidos para mitigar el impacto negativo de la austeridad en la demanda.

El propio FMI, a través de su economista jefe, Olivier Blanchard, criticó en 2013 al canciller del Exchequer y ministro del Tesoro, George Osborne, por su plan de reducción del déficit que suponía, dijo, “jugar con fuego”. Aunque Christine Lagarde, directora gerente del organismo, aseguró el pasado mes de enero que la recuperación económica de Reino Unido es “exactamente el tipo de resultado” que quiere ver.

“La consolidación fiscal pesa sobre el crecimiento del PIB, porque el gasto y la inversión pública tienen un papel importante”, explica Philip Rush, economista jefe para Reino Unido de Nomura. “Pero, debido al efecto potenciador de la confianza que genera, el multiplicador fiscal no ha tenido un efecto tan adverso como muchos esperaban. En cualquier caso, el programa de consolidación era inevitable. Reino Unido tenía un enorme déficit fiscal, aún lo tiene, y no sería posible ignorarlo indefinidamente”.

No todos los economistas comparten este argumento de que el aumento del déficit preocupa a los consumidores, llevándoles a gastar menos, y que la austeridad, al generar confianza, puede estimular el crecimiento. El premio Nobel Paul Krugman se refiere despectivamente a dicha creencia como “el hada de la confianza”. Pero es este argumento, sumado al convencimiento de que una política monetaria expansiva (quantitatve easing) compensaría la política fiscal restrictiva, el que puede haber llevado al Gobierno británico a confiar en que la austeridad no tendría por qué retrasar tanto la recuperación.

En una encuesta entre 50 economistas realizada por el Centre for Macroeconomic Studies, dos de cada tres consideraban que el programa de austeridad del Gobierno para reducir el déficit ha sido malo o muy malo para la economía. Solo un 15% opinó que ha sido beneficioso. Cada vez está más extendida entre los expertos la opinión de que George Osborne se ha pasado de frenada.

La conveniencia o no de priorizar la lucha contra el déficit, advierte Igor Urra, secretario general de la Cámara de Comercio Española en Reino Unido, “no deja de ser un debate académico”. “Mi opinión es que para pagar la deuda hay que crecer, y Reino Unido crece”, defiende. “¿Se podría haber aguantado a que mejoren los tiempos para atacar el déficit con austeridad? Sí. Pero hace cinco años la situación económica en el país, salvo el paro, era totalmente negativa. Y hoy el país está creciendo y reduciendo la deuda. Reino Unido puede sacar pecho dentro de las economías europeas”.

Solo Portugal y Grecia tienen un sueldo por hora inferior al británico

Urra señala otro problema, más tangible, que amenaza la economía británica: la baja productividad. “El paro ha bajado, pero también lo ha hecho la productividad”, explica. “El problema es que los salarios son muy bajos, sobre todo en el sector de servicios, que es donde se concentra buena parte de la creación de empleo. Eso provoca que, en vez de invertir en mejorar la productividad, sale más rentable contratar a más trabajadores”.

La productividad en Reino Unido se ha ralentizado profundamente después de la crisis financiera. La producción por hora trabajada en Reino Unido está un 2% por debajo de donde estaba antes de la crisis, mientras en el resto de países del G-7 ha crecido un 5% de media. Los trabajadores franceses producirían más que los británicos en una semana trabajando un día menos. Según la Oficina Nacional de Estadística, “la ausencia de crecimiento en la productividad en los últimos siete años no tiene precedentes desde la Segunda Guerra Mundial”. Ahí radica el reverso del crecimiento del empleo, ya que este no se traduce en un aumento de la producción.

Solo Grecia y Portugal, entre los 15 miembros iniciales de la UE, tienen un salario por hora menor que el de Reino Unido. La mano de obra británica es un 8% más barata que en 2007. El empleo barato creado atrae a miles de parados del continente a un país con una legislación laboral flexible y sindicatos debilitados, que tolera abusos como los muy extendidos “contratos de cero horas”. En 2012 Reino Unido atrajo a ocho inmigrantes por cada mil habitantes, el doble que la media europea. Cerca de una tercera parte del empleo creado en Reino Unido lo ocupan migrantes europeos.

“El Partido Conservador prometió bajar la inmigración de los centenares de millares a las decenas de millares”, explica Philip Rush, de Nomura. “Pero ha incumplido su promesa, porque la economía británica funciona y atrae a gente de todo el mundo. Ahora han reiterado esa promesa. Pero si esta vez la cumplen, el país no podrá apoyarse en la mano de obra migrante como ha hecho hasta ahora. Para consolidar el crecimiento del empleo, necesita más inmigrantes de los que ha prometido absorber”.

En lugar de los despidos masivos que ha provocado en otros países la recesión, los efectos de esta en Reino Unido se han extendido entre la sociedad en forma salarios más bajos. Esto puede considerarse conveniente en tiempos de desempleo alto, pero a la larga resulta perjudicial para la competitividad del país. La subida de sueldos y productividad es quizá la gran asignatura pendiente para consolidar la recuperación económica de Reino Unido.