Por qué fracasan las regiones

Hace tres años los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, ambos profesores en EE UU (Massachussets y Harvard), publicaron un libro de referencia que generó gran polémica entre los expertos: Por qué fracasan los países. Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza (editorial Deusto). En él destacaban el papel central de las instituciones a la hora de determinar por qué un país es más rico que otro. El ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Simon Johnson, resumía la tesis del texto en cuestión del siguiente modo: “Los países mejoran cuando ponen en marcha instituciones políticas adecuadas que favorecen el crecimiento, pero fracasan (a menudo estrepitosamente) cuando dichas instituciones se anquilosan o no logran adaptarse a tiempos cambiantes”.

 

Quizá los mismos Acemoglu y Robinson, u otros economistas especializados, deberían hacer otra investigación sobre por qué a menudo fracasan también los procesos de integración dadas las diferentes modalidades de realidades tan distintas como Mercosur, Unasur, el Pacto Andino, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, la Alianza del Pacífico, los países BRICS, etcétera. O la propia Unión Europea (UE), a veces tan activa, otras tan estática. En esa nueva investigación se podría actualizar el capítulo cuarto del libro citado, dedicado a “Cómo cambiar las instituciones a través del conflicto político y cómo el pasado perfila el presente” y recuperar el concepto de élites extractivas: aquellas que se apartan de la obtención del bien común y dedican sus esfuerzos a su propio bienestar y el del grupo al que pertenecen. Estas élites elaboran un sistema de captura de rentas que les permite, sin crear riqueza, detraer rentas de la mayor parte de la ciudadanía en beneficio propio, y se encuentran habitualmente en el mundo de las finanzas, la economía, los medios de comunicación y la inteligencia. También en las burocracias públicas.

Viene a cuento esta reflexión por la situación en que se encuentra la UE en la larga y tortuosa negociación que mantiene con Grecia, producto de la profundidad de la crisis económica en este último país. Ahora existe ya la distancia suficiente para saber que Europa del Sur ha sido la zona del mundo más afectada por la Gran Recesión y sus países han devenido en laboratorios de unas políticas económicas caracterizadas por la austeridad, entendida esta como una suerte de deflación a largo plazo por la cual la economía entra en un proceso de ajuste permanente basado en la reducción de los salarios, paro masivo, descenso de los precios y un menor gasto público, como mejor argumento para recuperar en el futuro los índices de competitividad. La prioridad del Gobierno heleno salido de las urnas está clara: paliar los efectos de la desastrosa política del pasado inmediato, que ha conducido a su país a una economía de guerra. Esa es la prevalencia de Alexis Tsipras, aquello para lo que fue elegido: recuperar en lo posible la capacidad de acción para una política económica alternativa, sin salirse de la zona euro (lo que implica unos condicionantes comunes).

Menos clara es la posición de las instituciones europeas y sus representantes concretos, más allá del principio genérico de que se cumplan las reglas del juego. El euro nació como un proyecto político y en su desarrollo no se previó que ningún país que se incorporase al mismo pudiera salirse de él. No hay prevista marcha atrás alguna. La hipótesis de un “accidente” en el camino por el que Grecia tuviera que abandonar el Eurogrupo sería una catástrofe no solo para el país heleno sino por lo que significaría de precedente en otros momentos de dificultad. En este sentido, el gesto de la última cumbre europea de movilizar 2.000 millones de euros para Grecia a cambio de que el Gobierno griego detalle en el plazo de 10 días las reformas que va a aplicar, tiene mucho más valor que todo ese “ardor guerrero” de que no habrá ni un euro de ayuda europea sin una lista de medidas del agrado del Eurogrupo. Si en el pasado la UE consiguió sus finalidades políticas a través de las herramientas económicas, este es el momento de darle un giro a aquel método de trabajo: la política ha de acudir en auxilio de la economía. Menos da una piedra.